Los flujos piroclásticos o nubes
ardientes son masas nubosas incandescentes de gas, ceniza
y fragmentos de roca y piedra pómez que se desplazan
ladera abajo a grandes velocidades siguiendo la topografía.
La peligrosidad de este fenómeno se la atribuye a
sus altas temperaturas y velocidades, y a las grandes extensiones
que cubre. La temperatura varía de 350 a 1000 grados
centígrados; la velocidad varía de 10 a 600
kilómetros por hora. Esta combinación de factores
hace que los flujos piroclásticos destruyan todo
lo que encuentran a su paso. Cualquier forma de vida muere
por el impacto del material, sofocación y/o quemaduras;
mientras tanto los edificios y estructuras resultan enterrados,
quemados y/o arrasados por los vientos huracanados asociados.
Debido a ésta capacidad devastadora, los flujos piroclásticos
son considerados como el fenómeno volcánico
más letal, siendo casi nulas las posibilidades de
sobrevivir a su paso.
Caídas de piroclastos (ceniza)
Los fragmentos piroclásticos más
grandes caen cerca del volcán, mientras que las
partículas más finas son llevadas por el
viento y caen a mayor distancia, cubriendo la superficie
de la región con un manto de material cuyo espesor
varía de milímetros hasta metros. La peligrosidad
asociada con una caída de piroclastos va en función
del volumen del material arrojado, de la intensidad y
duración de la erupción, del rumbo y velocidad
del viento, de la distancia hasta el punto de emisión,
temperatura, tamaño y densidad del material que
cae. Los fragmentos mayores son los más peligrosos
ya que pueden causar heridas y hasta la muerte de las
personas y animales e incluso, daños a estructuras
al impactarlas. Los fragmentos más grandes también
retienen mejor el calor y pueden generar incendios. El
peligro mayor es la caída de los techos de las
casas de la zona afectada debido a la acumulación
de piroclastos; este peligro aumenta si el material está
mojado, pues, al contener agua se duplica o hasta triplica
su peso. Además de los peligros mencionados, las
caídas piroclásticas podrían causar
dificultades para respirar e infecciones en los ojos.
La ceniza ingerida por el ganado en su alimentación
podría causar hasta su muerte. Las cenizas también
pueden contaminar el agua, destruir sembríos y
dañar motores y otras máquinas. Aunque los
daños causados por caídas piroclásticas
acarrean graves molestias y perjuicios económicos,
no han sido la causa de grandes pérdidas de vida.
Flujos de lodo y de escombros (lahares)
Los flujos de lodo y escombros, conocidos
también como lahares, comprenden una mezcla en
proporciones variables de agua y material rocoso, principalmente
volcánico (roca, piedra pómez y ceniza),
la cual una vez combinada viaja rápidamente pendiente
abajo, siguiendo el curso de las quebradas. Son fenómenos
comunes cuando abunda el agua, ya sea por la fusión
del casquete de hielo y nieve en la cumbre, de un lago
cratérico, de lluvias fuertes o cuando un flujo
piroclástico entra en contacto con un río
o laguna. La peligrosidad asociada a éste fenómeno
está determinada por el volumen de agua disponible,
la cantidad y el tamaño del material suelto, la
gradiente del terreno, el encañonamiento de los
drenajes y de la viscosidad del flujo. Se han observado
velocidades de 20 a 180 kilómetros por hora en
lahares históricos pudiendo éstos extenderse
no sólo decenas, sino cientos de kilómetros,
arrasando con todo lo que encuentran a lo largo del cauce
y a orillas de los drenajes afectados. Dejan a su paso
un depósito de escombros de varios metros de espesor.
Debido a su alta velocidad, los flujos pueden mover, y
aún arrasar objetos de gran tamaño y peso,
tales como puentes, vehículos y árboles.
Gases volcánicos
Los gases volcánicos son básicamente
vapor de agua, sin embargo, existen también pequeñas
cantidades de gases peligrosos. En las zonas altas donde
soplan continuamente vientos fuertes, se dispersan rápidamente,
no obstante en depresiones y partes bajas, éstos
gases pueden acumularse y alcanzar concentraciones letales.
Por lo tanto, cuando el volcán se reactiva se debe
prohibir el acceso a la caldera. Existen elementos tóxicos
como el flúor y azufre que se adhieren a la ceniza
y producen contaminación del suelo y del agua.
Los gases en la columna eruptiva pueden ser lavados por
las lluvias provocando "lluvias ácidas"
que podrían afectar seriamente el ambiente; a veces
este fenómeno puede suceder a decenas de kilómetros
de un volcán. Otro peligro potencial es la posible
formación y acumulación de gases como el
bióxido de carbono (CO2) en la caldera, que hasta
en tiempo de inactividad, podrían ser emitidos.
Flujos de lava y domos
Cuando el contenido volátil del
magma es relativamente bajo y dependiendo de su viscosidad
y tasa de emisión, éste puede fluir formando
flujos de lava o acumularse formando domos. Los flujos
de lava son corrientes de roca fundida, relativamente
fluida, que comúnmente salen del cráter
o de grietas cercanas al cono. Tienen normalmente forma
de lengua, se restringen a los drenajes disponibles y
viajan ladera abajo hasta distancias de decenas de kilómetros.
Se mueven generalmente a bajas velocidades. A pesar de
que los flujos queman y destruyen todo lo que encuentran
a su paso, debido a su baja velocidad se puede estimar
su rumbo y avance, para así evacuar oportunamente
a la población en peligro. Los flujos de lava pueden
formar represamientos de ríos que al romperse causarían
una ola de agua y escombros y la inundación violenta
de áreas extensas.
Avalanchas de escombros
En los últimos años se
han reconocido, en distintas partes del mundo, colapsos
de volcanes que han causado grandes avalanchas de roca,
a veces acompañadas por una formidable erupción.
Este fenómeno se atribuye a la inestabilidad de
los grandes conos volcánicos con flancos muy pendientes
que están constituidos por materiales no consolidados
los cuales pueden derrumbarse fácilmente bajo el
efecto de la gravedad. El derrumbe puede ser causado por
la intrusión del magma, por la sacudida de un fuerte
sismo y/o por otro fenómeno desestabilizador. El
resultado es el colapso parcial del edificio volcánico,
dejando un anfiteatro de tamaño variable en el
cono y la formación de un inmenso abanico de escombros
de extensión considerable (10 - 1000 Km2). Estas
avalanchas que se desplazan a altas velocidades destruyen,
cubren y/o arrasan con todo lo que encuentran a su paso,
pudiendo transformarse posteriormente en extensos flujos
de lodo. El colapso o destrucción del cono podría
generar una erupción volcánica ya que al
producirse el derrumbe parcial del edificio, se puede
destapar el sistema magmático, desencadenándose
una explosión lateral y/o vertical en la cual se
generan flujos piroclásticos de alto poder destructivo.